
Nunca mi papá había estado tan presente como en los últimos dos años. Mis papás se separaron cuando yo tenía tres. Y aunque creo que él trató de ser amorosamente parte de mi vida, la verdad es que tengo muchos huecos de tareas de la escuela, preguntas sin respuesta en solitario, miedo a la primera menstruación o comidas rápidas del día a día en donde solo estaba mi mamá ayudándome a resolver… sin siempre lograrlo (ahora que soy madre de dos peques entiendo por qué aparecen las comidas rápidas sin condimento).
Su apodo era «el tío Gil». Aunque no sea tu tío, todos sentían una cercanía y algún derecho a llamarlo así.
Realmente siempre he visto a mi papá como un hombre paciente y dulce. «El tío Gil es bueno», dicen todos. Por eso no puedo entender cómo en estos últimos años su presencia se dedica solo a señalar mis errores, o más bien mí no-perfección, obviamente omnipresente y me duele y me pesa. ¿En qué momento pasó de ser mi papi a mi juez?
Ahora que, después de algunos años dedicada solo a la maternidad, me he vuelto a activar profesionalmente, mi papá llega y me habla de la importancia de ser excelente en mi trabajo y ni siquiera una rayita menos que eso. Pero ahora vivo otra realidad que él no logra entender. Soy una mamá migrante, la única compañera del equipo que no habla alemán como lengua materna. Veo como a mis 38 años no aprendo ni me desempeño tan rápido en otro idioma como hace diez años. Estoy agotada de las muchas horas de sueño de madrugada que mi chiquita nos sigue quitando a sus cinco años de edad. Estoy agotada de la cultura alemana y del día a día que me recalca de muchas maneras que no soy de aquí. Estoy agotada y me la paso pensando y repensando en cómo agregar un octavo día a la semana.
Migramos de repente y sin plan, a media pandemia de coronavirus. Pero eso es cuento de otro momento. Por ahora siento cómo el peso de finalizar cada día en otra cultura, sin la red de apoyo que tenía con mis amigos y familiares en El Salvador, me está consumiendo sin piedad.
Pero mi papá no entiende eso. Yo solo escucho: «Eso no fue suficiente y el que no puede es tonto». Pero ¿qué va a entender mi papá de condiciones no privilegiadas si él gozó de todo lo que significa ser un hombre blanco, un profe de mate de la universidad, en una sociedad que exalta solo lo masculino? Mi papá ha puesto su parte en dólares para mi mamá, pero la verdad es que eso no es suficiente. Nunca lo vi cocinar, lavar ropa, limpiar u ordenar. Tampoco tuvo la capacidad de escucharme cuando tuve miedo o tristeza.
Para mi papá está claro que cuando me exige excelencia es «por mi bien y porque se preocupa por mí», pero hoy por hoy me cuesta llenar dicha expectativa y eso me duele. Por mi parte, preferiría un abrazo o una tarde soleada, tomando algo rico juntos.
***
Desde que mi papá se jubiló, le agarró un rollo bien profundo de ir a conocer sus raíces. Su necesidad se puso muy intensa e impulsados por su terquedad empezamos a buscar formas de que pudiera conocer más de su infancia, su historia, su pasado…
Es en esta época de jubilado cuando hemos tenido nuestras pláticas más profundas y es así como, poco a poco, he ido entendiendo su aflicción por la excelencia profesional.
Un fin de semana me convenció de ir a Guatemala, a Asunción Mita, sin conocer a nadie, a buscar algo que lo conectara con su papá. Y así, preguntando a los viejitos en el parque, en la plaza, en la calle, fue que llegamos a la casa de Juan Figueroa, su papá y padre probablemente de más de 25 niños más (ahora adultos y viejos), según cálculos de mi papá.
Ese nombre es de lo más común en el idioma español, pero no había duda de que la familia viviendo en esa casa era descendiente del ya fallecido Juan Figueroa, pues su foto, que colgaba en la sala, es la misma que mi papá llevaba en su billetera. Una foto tamaño cédula, que parece que mi abuelo repartió entre su descendencia como alguna especie de conexión o reconocimiento, o como (única) herencia. A mí me parece una miada de chucho que marca territorio. Cuando mi papá la tiene en su mano, veo cómo la observa tratando de sentir orgullo o alegría, pero por más que busque veo cómo solo encuentra tristeza y abandono.
***
Crecí escuchando a familiares diciéndome: «Es que el tío Gil tiene una sonrisa de niño», pero es en nuestras pláticas, en sus años posjubilación, en donde me ha impactado tanto su tono de corazón blandito. Sé que es una persona dulce, pero, en este tiempo, su voz tiene otro timbre, es más sensible y se mantiene constante en la fase de niño que pronto va a llorar.
Dejar de trabajar le hizo bien. O mal. Él, que no podía hacer nada más que dar clases de matemáticas y estadística, no se había dado nunca el tiempo de mirar su propia historia. Este ha sido un nuevo tiempo para la introspección y para recordar. A mí me contó lo que recordaba… y ha sido un privilegio conocer por primera vez a mi papá en versión infante.
Su mamá, mi abuela Luciana, era pobre, de Sonsonate. «Soy pura agua de coco», era su frase predilecta, según mi papá. Cuando yo nací ella ya no estaba, así que nunca aprendí a referirme a ella como abuela. Mi papá la llama «mi mamá Chanita», así que para mí ella es «Chanita». En la casa de mi tío Óscar hay una foto grande de ella, retocada con pintura. Solo noto que es tan blanca como mi papá. El retrato nunca me dijo mucho más, pero sé que es muy valiosa para mi tío, pues la imagen está justo en la entrada de su casa, arriba de un piano.
Juan Figueroa nunca se hizo cargo. Así que Chanita eligió a Gildaberto, de entre sus seis hijos, para que creciera como pupilo en la casa de unos familiares lejanos, en donde él sí pudiera tener acceso a educación de calidad, vivienda, ropa y comida de un niño de ciudad, un niño de Ahuachapán. Esta familia ahuachapaneca lo adoptó y le dio todo lo que necesitaba, pero como pupilo. Mi papá lo cuenta con aprecio y agradecimiento, pero yo ahora entiendo por qué él no puede cuidar y por qué el tío Gil tiene esa mirada de niño. Es que él creció como un pupilo, no como un niño… y los ojos se le quedaron estancados en esa época, buscando hacer justicia al peque aquel. Tuvo acceso a educación de alta calidad; no le hizo falta la comida, techo y buenos trajes; pero no tuvo abrazos ni besos amorosos en su soledad ni tampoco hubo oídos que escucharan sus miedos, dudas o nostalgias.
El encargo era convertirlo en una máquina del estudio, de la matemática y de la economía, para salir de la pobreza y, con mucha esperanza, poder de adulto tener una mejor vida… económica o de prestigio académico. El objetivo se logró.
No conozco en mi entorno salvadoreño a nadie que tenga un papá más educado que el mío. Con orgullo se jactaba de ser un graduado de la Escuela Normal Alberto Masferrer y de Economía de la UES, lo que le permitió poder estudiar, después, un posgrado en Estadística en La Plata, Argentina, con una beca pagada por la UNESCO en los años setenta. Después pudo escribir cuatro libros con los que dio clases hasta jubilarse de la UES y de la UCA. Me impacta cada vez que lo pienso, hasta hoy es difícil ir a la universidad si crecés en El Salvador.
Siempre top académicamente, siempre el mejor, el más nerdo, el más matemático… pero, aparte de eso, bueno para nada más. Sin quien le cocine se muere de hambre. Sin quien le planche la guayabera, le da pena salir, pero mejor no salir que estar sin guayabera planchada.

Mi autoflagelo por la excelencia profesional viene de mi papá y de la falta de amor y apego en su infancia. Me duele imaginarlo siendo un niño de buenas notas, pero solito y con miedo. Lo quiero abrazar para liberarlo y liberarme, pero estamos lejos.
La última vez que hablamos fue en el 2015. Pocos días antes de morir me llamó por teléfono. Se oía muy triste, como a punto de llorar. Pero eso ya se había vuelto normal en ese entonces. Vivió dos años con varios paros cardíacos y derrames cerebrales. Ahora entiendo que esos son los efectos de no haber aprendido a sentir, solo a pensar y a calcular matemática y estadísticamente su vida.
Este texto lo escribo hoy, finalmente, con el deseo de liberarnos de la excelencia académica y profesional, y para abrazarnos en la memoria, con un atardecer tropical imaginario.
Papi, yo te siento muy presente,
pero créeme que voy a poder.
Gracias por venir a visitarme, pero no necesito que me cuides ni que te preocupes.
Te libero de esa carga; las mías son suficientes.
En mi corazón, eres el mejor padre que pudiste ser.
Tus libros los tengo en la librera.
Lo hiciste bien.
Yo también te amo, aunque nunca lo dijimos.
Puedes descansar en paz.
Elvia Sofía Bonilla Menjívar

Nacida en San Salvador en 1987. Es arquitecta de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (2010, El Salvador) y planificadora urbana por la Universidad Técnica de Dortmund (2016, Alemania). Aunque su profesión principal no ha sido relacionada a la literatura, siempre ha encontrado en las letras formas de liberar sus nudos para seguir caminando en la vida. Emigró a Alemania en la pandemia por complicaciones de salud en su familia. Cree en la importancia de escribir historias biográficas para sanar heridas, no solo personales sino también grupales e intergeneracionales.
Este texto es resultado de la participación en el taller de escritura «El magma soy yo», impartido por Miroslava Rosales, quien además ha estado a cargo de la edición del dossier homónimo.