
—Óyeme bien, muchacha. Te pones los zapatos ahorita mismo y, cuando abra la puerta, corre. Nomás, corre. ¡Y por lo que más quieras, no mires atrás!
Recordé a mi abuela leyéndome la Biblia cuando era niña. Recordé la historia de Edith, la mujer de Lot, convertida en una estatua de sal frente a sus hijas cuando desobedeció la misma orden que yo estaba recibiendo ahora. No la cuestioné, me abracé a la débil ilusión de salir viva de aquel sitio.
Amanecía, pero aún había oscuridad en el cuartucho porque la señora no había querido encender la lámpara y nos iluminábamos solo con una vela que había dejado sobre el piso. Cuando se abrió la puerta corrí. Juro que corrí tan rápido como pude, pero mis piernas parecían de trapo. El camino se movía como si fuera a hundirse bajo mis pisadas llevándome con él al abismo que sería mi sepultura. Esquivé las luces amarillas de los faroles públicos, quise pegarme a la oscuridad de las paredes de las casuchas vecinas, pero esas luces también se movían y lejos de esquivarme, parecían reírse de mí, asegurarme que no llegaría a ninguna parte, que iba a dejar la vida en mi carrera sobre esa tierra fronteriza.
Durante la noche había llovido, pateaba los charcos y un frío agudo me hacía doler las articulaciones. Mis mandíbulas se entrechocaban, mis ojos eran perforados por pequeñas agujas de hielo y la piel del rostro me ardía como si fuera a rasgarse. No podía recordar la infinita cantidad de veces que durante los días anteriores había deseado morir, pero ahora tenía que correr, a pesar del frío, a pesar de las ganas de vomitar, a pesar de la somnolencia de las drogas. Ya nada me ataba a nada, debía dejar que me inundara solo mi propio y desesperado impulso de correr, correr y correr… ¿Correr adónde? Adonde hubiera una luz, una puerta abierta, un olor a comida, un rostro amable, unos ojos que vieran mis ojos, no mi vientre.
A mis espaldas, la voz de la señora sonó como un trueno ronco subiendo desde un pozo. Yo había corrido unos ciento cincuenta metros, alcanzaba la cúspide de la colina, un impulso más y doblaría la curva de la calle desde la que podía verla. ¡No pude cumplir mi promesa! Miré hacia atrás, volví la cabeza para mirar la hecatombe, como lo hizo la mujer de Lot. Pero nada vi, solo escuché el gutural aullido de la señora antes de que se hiciera tajo y silencio en su garganta.
Intuí su destino y eso me dio aún más fuerza para seguir corriendo. Ella sabía lo que pasaría; entonces, ¿por qué esta mujer que fuera mi carcelera hasta unas horas antes tuvo piedad de mí?, ¿le conmovió ver que yo ya no era yo, que era solo un cuerpo dopado y estrujado varias veces, sin descanso, cada día, todos los días?, ¿por qué ayudarme a salir si yo no era la única muchacha allí, en la misma lúgubre condición?
No podía detenerme a pensar, tenía que correr, seguir corriendo. Unos zapatos trotaban tras de mí con el ritmo de un tambor, al compás de mi propio jadeo. Me seguían, estaban cerca, cada vez más cerca. Seguí la curva de la calle, alcancé el tramo donde las casas terminaban y me fundí con los arbustos de los costados. El fango de la calle recién llovida me hizo resbalar hacia un costado del camino. Mi cuerpo rodó colina abajo, hacia el barranco, entre la oscuridad y la hojarasca.
∞
Blanco, todo blanco. En mi cabeza, en mis recuerdos, más allá de mis ojos cerrados todo es blanco. Hay voces suaves a mi alrededor, voces de mujeres. No quiero verlas, no todavía, tengo sueño, mucho sueño.
Esas voces me han recordado a las mujeres de aquel taller con las orientadoras de salud. Al entrar al salón comunal, sobre cada silla había una hoja de papel blanco. Las mujeres entrábamos, llegábamos a las sillas y levantábamos el papel. Al darle vuelta, la mayoría se asustaba y lo soltaba. Algunas parecían molestas. Otras lanzaban un «¡Ay, Dios mío!» y reían avergonzadas. Pero hubo mujeres que tomaron la página y la vieron de fijo. Tomé la mía. Tenía un dibujo al centro, en blanco y negro. Era una muchacha con las piernas abiertas, desnuda, doblada por la cintura hacia adelante, sosteniendo un espejo con su mano para reflejar sus propios genitales. Fui de las que reí, pero a escondidas porque ahí estaba mi abuela y ella tenía la cara de piedra. Yo andaba por los catorce años y alguna vez quise hacer algo parecido. Cuando la marejada de emociones bajó, las orientadoras empezaron el taller. Hablaban de conocer nuestro cuerpo, del derecho al placer. Entonces, mi abuela se levantó en silencio, dejó el dibujo en la silla y salió. Yo sabía que debía hacer lo mismo.

Fue lo más cerca que estuve de saber sobre el placer… el pla-cer… pla, pla, … como pies que corren sobre charcos… y algo de mi cuerpo duele… pla, pla… algo plano… como una playa, como la línea del horizonte frente al rancho donde vivía con mi abuela… pla, pla… como el plato donde come el hermano que llegó ayer desde un país lejano al que dice que va a volver como sea porque allá se hace plata… pla-ta. Él habla con mi abuela mientras yo remojo la ropa que voy a planchar…pla, pla … otra vez… ¿Juego con las palabras o ellas juegan conmigo? Tengo sueño, pero sigo oyendo voces suaves, como la de mi abuela. Había crecido con ella, su voz me abrazaba desde niña. Esa voz arrullaba, regañaba, contaba historias de la Biblia. Esa voz le dice al hermano que vino ayer que ella está vieja, que yo estoy creciendo, que me lleve con él cuando se vaya.
Las voces hablan desde el entorno lechoso atrás de mis párpados. Sobreviví a la brutalidad, dicen, que no hay embarazo, pero que me he contagiado… ¿De qué? Se alejan, no las oigo. Me aferro al blanco infinito que se apaga y vuelvo a dormirme.
Claudia Denisse Navas

(1963). Psicóloga y Máster en Comunicación. Escribe ensayo, poesía y narrativa. Sus textos aparecen en antologías y revistas de México y Centroamérica. Ganadora de los XXX Juegos Florales de Sensuntepeque, Cabañas, en la rama de Testimonio. Publicaciones: Criaturas de polvo y sal (2021), Vaivén y declive (2022), Caminata sobre el fuego (2024) y Despacio hacia la ausencia (2025).
Este texto es resultado de la participación en el taller de escritura «El magma soy yo», impartido por Miroslava Rosales, quien además ha estado a cargo de la edición del dossier homónimo.