
La tierra no ha dejado de producir. Pero ahora, en muchas fincas, son manos femeninas las que la trabajan. Tatiana Antonia tiene 25 años y desde los 12 trabaja en agricultura. Se levanta antes de las seis de la mañana para caminar hacia una finca en el cantón Barrio Abajo. Se pone botas blancas de hule, sombrero amplio y camisa de manga larga. Corta grama, chapoda, corta y recoge naranjas y, en temporada de molienda, guarda dulces.
“Desde que tenía 12 años me he dedicado a trabajar en el área de agricultura. Uno se va donde pueda trabajar”, dice.
Estudió hasta sexto grado. La pobreza y la inseguridad en su comunidad le impidieron continuar. Hoy vive con su esposo y sus dos hijos. Él trabaja en albañilería; ella en el campo.
En la finca —propiedad de una familia migrante— gana 12 dólares por jornada. Desde hace un año, es parte del equipo que mantiene cultivos de café, aguacate, caña, naranja, frijol y maíz, además del cuidado del ganado. Prepara la tierra, siembra, limpia, cosecha y procesa semillas.
Cuando comenzó, algunos hombres dudaron de su capacidad.
“Decían que no iba a poder, pero como yo ya estaba acostumbrada les demostré que sí podía. Hay veces que algunos hombres piensan que por ser mujer uno no tiene la fuerza”.
Para Tatiana, la agricultura no es solo una tradición aprendida de su madre —quien también fue jornalera— sino una de las pocas opciones laborales disponibles en el territorio.
La agricultura como única alternativa
Guadalupe Gómez empezó a trabajar en el campo a los 13 años. También estudió hasta sexto grado. “Las responsabilidades llegaron temprano y el campo se volvió mi escuela”, resume.
Desde hace cinco años trabaja en la finca agroecológica El Guarhumo, en el caserío Los Naranjales, sobre la Ruta Panorámica. Gana 12 dólares por jornada sembrando hortalizas, abriendo surcos, limpiando terrenos y recolectando cosechas.
“El día inicia a las 6:30 de la mañana. A esa hora ya tiene que estar uno en el puesto, porque es la hora más fresca”, explica.
Vive con su esposo, albañil, y con la hija de ambos, de seis años. Después de la jornada agrícola, el trabajo continúa en casa: cocinar, limpiar y cuidar una pequeña parcela donde siembran plantas comestibles y flores.
Aunque ha estudiado cocina y vive en una zona con creciente oferta turística, la agricultura sigue siendo su principal fuente de ingresos.
“Mi mamá dice que desde que estaba yo de meses trabajaba ella en esto. Toda la vida ha trabajado en el campo”.
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Un campo cada vez más feminizado
Santa Cruz Analquito tiene 2,409 habitantes, según el Censo de Población y Vivienda 2024: 1,137 hombres y 1,272 mujeres. Su extensión territorial es de 11.81 km². En sus zonas rurales, la agricultura continúa siendo una de las principales fuentes de ingreso.
El agrónomo Alexander Mejía Navarrete, propietario de la finca donde trabaja Guadalupe, afirma que en los últimos años ha sido más fácil contratar mujeres que hombres.
“He tenido de tres a cuatro mujeres trabajando y hacen bien el trabajo. Tienen experiencia. Antes trabajaban con sus padres”.
Según explica, la disminución de mano de obra masculina se observa desde hace al menos una década. Primero fue la migración hacia la ciudad o el extranjero, luego la violencia de pandillas. En los últimos tres años, agrega, se han sumado las capturas bajo el régimen de excepción y el enlistamiento en la Fuerza Armada.
“Muchos jóvenes de noveno y bachillerato buscan la Fuerza Armada. Aquí han venido a ayudar y a los días me doy cuenta de que están en los cuarteles. Parece que les pagan más que el mínimo, entonces mejor se van”.
El resultado es un campo donde las mujeres asumen tareas que tradicionalmente se consideraban masculinas: limpiar terrenos, aplicar abonos, cargar productos y sostener cultivos completos.
Desde el 27 de marzo de 2022, El Salvador vive bajo un régimen de excepción. Hasta el 29 de enero de 2026, más de 91 mil personas habían sido privadas de libertad en ese contexto. Además, el Socorro Jurídico ha documentado 486 muertes bajo custodia del Estado entre marzo de 2022 y el 8 de febrero de 2026.
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Brechas persistentes
A nivel nacional, las mujeres rurales han sido históricamente fundamentales para la producción de alimentos. En El Salvador, la agricultura, la ganadería, la caza y la silvicultura constituyen la tercera actividad económica más extendida del país. En este sector trabaja el 13.6 % de la población —cerca de 400 mil personas—, pero la participación femenina sigue siendo minoritaria: 341,727 son hombres y apenas 58,086 son mujeres.
Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), en 2022 las actividades agropecuarias, pesqueras y forestales aportaron alrededor del 5 % al Producto Interno Bruto (PIB). Sin embargo, detrás de estos números persiste una profunda desigualdad: de las 345,047 personas que se dedican a la agricultura, solo 77,063 poseen tierra propia, y dentro de este grupo apenas 9,299 son mujeres.
Aunque su presencia sigue siendo menor que la masculina, la participación femenina en los sistemas agroalimentarios ha crecido. Desde 2005, la proporción de mujeres trabajando en este sector aumentó nueve puntos porcentuales en El Salvador, según la FAO. A nivel regional, en 2019 las mujeres representaban el 36 % de todas las personas ocupadas en sistemas agroalimentarios en América Latina y el Caribe.

Fuente: Costa, V., Piedrahita, N., Mane, E., Davis, B., Slavchevska, V. y Gurbuzer, Y. 2023. Women’s employment in agrifood systems – Background paper for The status of women in agrifood systems. Roma, Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). https://doi.org/10.4060/cc9040en.Pero ese aumento no se traduce automáticamente en igualdad. Persisten brechas en el acceso a la tierra, al crédito, a la representación y a empleos formales. Incluso en el trabajo no remunerado la carga es mayor: en los hogares rurales salvadoreños donde es necesario recolectar agua, el 54.4 % de quienes realizan esa tarea son mujeres, de acuerdo con el informe La Situación de las mujeres en los sistemas agroalimentarios un enfoque regional para América Latina y El Caribe, publicado por la FAO en 2025.
La mayoría de las mujeres que poseen tierra se concentra en áreas rurales —7,026 en total—, pero la estabilidad sigue siendo limitada. En el país, 169,487 personas cultivan parcelas alquiladas y, entre ellas, 16,143 son mujeres, lo que evidencia la precariedad en el acceso a la tierra.
Para organizaciones campesinas, la reducción de incentivos estatales también ha impactado el empleo rural. Ricardo Ramírez, vocero de la Confederación de Federaciones de la Reforma Agraria Salvadoreña (Confras), señala que la eliminación de los paquetes agrícolas —sustituidos desde 2024 por un bono de 75 dólares para la compra de insumos— ha reducido la producción de semillas en cooperativas y en la afectación de miles de empleos temporales.
“En esas cooperativas trabajaban 400 a 500 personas en cada cosecha. El dato que tenemos nosotros de las cooperativas que han perdido, que dejaron de producir semillas de maíz, han salido afectados unos 4 mil trabajadores, quedaron desempleados, no solo afectando a los trabajadores, sino también, a sus familias”.
Aunque no existen cifras desagregadas específicas para Santa Cruz Analquito, el impacto en el empleo agrícola se siente en comunidades donde cada vez menos hombres trabajan la tierra.
El salario mínimo agrícola aumentó un 12 % en abril de 2025, pasando de 243.50 a 272.72 dólares mensuales. Sin embargo, sigue siendo uno de los ingresos más bajos del país. Aunque el costo de la canasta básica rural mostró fluctuaciones durante los primeros meses de 2025 —con una leve reducción a partir de marzo—, el ingreso agrícola sigue siendo uno de los más bajos del país, lo que mantiene ajustada la economía de las familias que dependen del trabajo en el campo.
Sostener sin reconocimiento
En Santa Cruz Analquito, la agricultura no se ha detenido. Pero el peso del trabajo recae cada vez más sobre mujeres como Tatiana y Guadalupe.
Ellas siembran, cosechan, limpian y procesan alimentos mientras sostienen el trabajo doméstico y el cuidado familiar. Lo hacen con salarios diarios que apenas alcanzan para cubrir lo básico, sin prestaciones ni estabilidad, en un sector donde el acceso a tierra propia y a programas de apoyo sigue siendo limitado.
Durante décadas, la agricultura salvadoreña ha dependido de su trabajo. Sin embargo, su aporte rara vez ha sido reconocido como central.
En los surcos de Santa Cruz Analquito, la producción continúa. Y con ella, la evidencia de que sin mujeres, el campo simplemente no funciona.
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