En favor del voto simbólico y del voto legislativo como posible freno a la crueldad

Jimena Aguilar | 03/02/2024

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Estas elecciones no son democráticas, eso está claro. Votar, más que un intento de cambiar el resultado es un acto simbólico en resguardo del espíritu de la democracia que tuvimos. El voto legislativo, aunque bajo circunstancias viciadas, es un imperativo moral.



Escribí y reescribí las primeras líneas de esta columna dos, tres, cuatro, cinco veces. Con qué palabras digo que es importante votar, que, aunque todo parezca ya definido, este voto es quizás el más importante que vamos a hacer en las próximas décadas. Es difícil encontrar las palabras, cuando no sé si yo misma me lo creo. Pero lo intentaré. 

La democracia no es solo el acto de votar. Es este acuerdo que tenemos de que vivimos o venimos del mismo parche de tierra y vamos a convivir de acuerdo con reglas que nos respeten los derechos a todas las personas, nos aseguren una vida digna y que, para lograrlo, vamos a elegir a personas que nos representen. El voto es solo una parte. El pacto social, en cambio, se practica en el día a día. En El Salvador, por un periodo de tiempo, aspirábamos a ese ideal. Muchas personas hicimos nuestra parte, convivimos con otras personas, intercambiamos ideas, debatimos con el otro lado del pasillo y también votamos. Pero elegimos gente que luego nos la jugó. Una y otra vez, las personas que llegaron al poder fueron corruptas, priorizaron sus propios intereses por sobre los de la mayoría, e incluso violentaron los derechos de diferentes grupos. 

La democracia en El Salvador estaba lejos de ser perfecta. Pero le podíamos llamar así. Costó muchísimo llegar a eso. Y ahora estamos en caída libre, ya ni siquiera al borde del precipicio. El pacto social ya se rompió. La desconfianza, el miedo a hablar de política, el no saber quién pude estar escuchando ha cambiado la forma en la que se vive. Ahora estamos a punto de sellar con broche de oro el estado dictatorial a partir de una reelección inconstitucional. 


Pero si ya vamos de caída, ¿de qué sirve votar? 


El voto en esta elección se puede ver como un voto simbólico, casi como un acto de fe. Me perdonarán los símiles religiosos, pero en estos momentos se me sale la cultura católica en la que crecí. El voto simbólico es dejar una marca que diga que la democracia importa, que los derechos humanos de todas las personas no se sacrifican por nada, que la pluralidad política es lo que nos permite convivir a partir de nuestras diferencias. El voto simbólico es el rechazo al autoritarismo. 

Es un voto simbólico, además, porque las alternativas presidenciales como mínimo dejan mucho que desear. Por un lado, el presidente propone una reelección inconstitucional y la continuidad del régimen de excepción que ha violentado derechos humanos. En unas entrevistas que hicimos en Alharaca a quiénes compiten por la oposición —Luis Parada (NT), Marina Murillo (FPS), Joel Sánchez (Arena) y Manuel “el Chino” Flores (FMLN)— queda clara la ineptitud de quienes dicen ser nuestra última defensa en contra del autoritarismo. En el mejor de los casos, muestran una falta de reflexión básica sobre temas que atañen a toda la población, como la salud sexual y reproductiva, las pensiones o incluso el rol de la presidencia de la República. En el peor de los casos, unos demuestran rechazo a los derechos de las mujeres y la población LGBTIQA+ o falta de valentía, politiquería barata y hasta dolo al no querer sentar postura sobre temas claves como el estado de excepción o investigar casos de corrupción dentro de sus propios partidos. 

El voto simbólico es en favor del sistema democrático. Pero además de un símbolo, también será un registro para el futuro. Un archivo para la historia que las futuras generaciones podrán revisar cuando cuestionen todo lo que pasó en El Salvador —y lo harán—. 

Más importante —quizás porque da un poco de esperanza— es el voto legislativo. 

Todas las personas electas para la Asamblea Legislativa tienen y tendrán responsabilidad de lo que está viviendo el país. En el pasado, muchas de estas personas han salido salpicadas en investigaciones periodísticas sobre corrupción, aprobaciones cuestionables de decretos o enriquecimiento desenfrenado bajo circunstancias cuestionables. Solo basta revisar las publicaciones recientes de Focos sobre la asignación de $4.9 millones de créditos estatales a 27 funcionarios, entre esos 12 diputados de Nuevas Ideas; o sobre las empresas de los amigos del jefe de fracción del mismo partido, Christian Guevara, que recibieron $6.9 millones en adjudicaciones del Estado.  

Esto no es nada nuevo. Lo nuevo es que ahora contamos con menos acceso a información. Cuando yo ejercía como periodista en La Prensa Gráfica y tenía acceso a las declaraciones patrimoniales por la Ley de Acceso a la Información Pública revelamos cómo Guillermo Gallegos aumentó su patrimonio en un 2500 % en cinco legislaturas y Sigfrido Reyes en un 477 % en tres legislaturas. Estas son solo dos muestras de muchas más. 

Siendo realistas, Nuevas Ideas va a retener la mayoría simple. No porque la mayoría de las personas les vayan a elegir, sino porque cambiaron las reglas del juego y el sistema político para reducir las diputaciones a 60 y la cantidad de municipios en un madrugón, con dispensa de trámite y sin discusión.  

Estos hechos no ayudan en mi argumento de por qué es importante votar en las elecciones legislativas. Pero es indispensable reflexionar sobre las decisiones claves que se tomarán en ese órgano del Estado en los próximos meses y años: 

Con el nuevo sistema de representación, se necesitarán 40 votos para elegir fiscal general de la República y las magistraturas de la Corte Suprema de Justicia. 

Con el nuevo sistema de representación, se necesitarán 45 diputaciones para continuar aprobando las partes más crueles del régimen de excepción. El artículo 29 de la Constitución establece que solo con tres cuartos de los votos, la Asamblea Legislativa puede suspender las garantías al debido proceso (información a la persona detenida, garantía de defensa) y suspender el límite de 72 horas de detención administrativa sin ser presentada ante un juez. 

El voto legislativo es entonces un imperativo moral para tratar de evitar que más personas sean encarceladas sin justificación alguna. Para tratar evitar que más personas sean torturadas y que más personas estén en las cárceles creyendo que podrían morir ahí sin nunca haber sido acusadas de un delito. Ojalá que quienes ocupen esas diputaciones estén a la altura de lo que conlleva tomar esas decisiones. 

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