
En el 2020 narramos la historia de las trabajadoras de la maquila Florenzi que llevaban meses sin recibir salario. Para reclamar lo que les correspondía tras ser despedidas, se tomaron las instalaciones de la maquila y cada mañana un grupo de trabajadoras relevaba a las que pasaron la noche durmiendo en colchonetas dentro de la maquila en Soyapango, El Salvador. La toma de la fábrica fue el recurso al que fueron orilladas para defender el derecho a su indemnización en medio de la incertidumbre. Mientras la pandemia detenía al país y al mundo entero, ellas seguían organizándose para conseguir dinero y comprar comida para sí mismas y sus familias.
Con el tiempo, encontramos otras escenas similares en otros lugares. Durante el confinamiento muchas mujeres nos escribieron con miedo, no solo por enfermar, sino por perder el trabajo del que dependían sus hijos e hijas. Escuchamos a trabajadoras del hogar contarnos que su labor seguía siendo vista como “ayuda” superficial y no como el trabajo que es. Sin importar que de ellas dependiera el cuidado diario de la niñez y personas de la tercera edad. Tres años más tarde, hablamos con mujeres centroamericanas que decidieron migrar para cuidar en otros países mientras alguien cuidaba a sus propios hijos a la distancia. Historias diferentes entre sí, pero que comparten un eje central: cuando todo se vuelve incierto, las mujeres procuran que la vida continúe.
Ahora recordamos esas historias, y construimos memoria con ellas, porque en los discursos globales intentan vendernos otro cuento, donde, supuestamente, la participación política de las mujeres no importa. En Latinoamérica y el mundo entero asistimos a una reorganización política y social que vuelve a colocar el cuerpo de las mujeres y diversidades en el centro de disputa: restricciones a la autonomía reproductiva, recortes presupuestarios a políticas públicas de salud y educación y narrativas que promueven el retorno a modelos conservadores de familia.
Esto configura más que discursos morales. Cuando los Estados restringen derechos, alguien debe asumir ese costo. Y, una vez más, ese costo recae sobre las mujeres, sin remuneración ni reconocimiento.
En Alharaca sabemos que las historias que contamos no son casos aislados. Cuando el aparataje institucional falla, las mujeres se organizan, como pueden, para sostener la vida. Documentar estos casos nos ha permitido visibilizar que lo cotidiano es una forma de constante resistencia y cuidado. Por eso creemos que construir esa memoria, traerla a cuenta y conocer la genealogía feminista de nuestros territorios nos permite comprender el presente y anclarnos a la esperanza de que las cosas sí pueden cambiar para mejor.
Esa memoria es precisamente nuestra estrategia política porque permite desmontar los discursos sexistas y clasistas con los que se pretende normalizar la opresión de las mujeres y diversidades sexo-genéricas en el mundo. Las experiencias históricas de los feminismos demuestran que cada lucha heredada ha encontrado obstáculos de quienes no quieren renunciar a sus privilegios. Nada se nos ha sido regalado.
En 2016 un grupo de mujeres maya q´eqchi´ decidió contar lo que les había pasado en un destacamento militar llamado Sepur Zarco durante la guerra civil en Guatemala. Las obligaron a cocinar, lavar uniformes militares, y presentarse regularmente para ser violentadas sexualmente luego de la desaparición de sus esposos. Ellas no hablaban español. Sin embargo, después de terminado el conflicto, se organizaron y llevaron sus testimonios ante un tribunal con apoyo de organizaciones nacionales e internacionales. Su palabra permitió una condena histórica y convirtió la memoria en justicia. Ellas nos enseñaron que recordar también puede cambiar el presente.
Recordamos que las mujeres han defendido con sus vidas desde las reformas laborales del siglo pasado, hasta la construcción de la Marea Verde por el derecho a decidir. Todo lo pensado para nosotras ha sido resultado de organización y lucha. Mientras mediáticamente quieren sostener que los feminismos ya no tienen importancia, nosotras vamos a contracorriente y decimos que sí. Un ejemplo: La lucha de la feminista Olimpia Coral Melo fue transcendental para que México tipificara la violencia digital y la exposición de material privado de las mujeres con la Ley Olimpia.
Mientras parece que el mundo se acaba, nosotras sabemos que otro mundo es posible. Y por eso seguimos haciendo Alharaca. Seguimos narrando las formas de sostener la vida que encontramos desde diferentes lugares del mundo.
Como media, ampliamos la mirada a la región latinoamericana con nuestro proyecto Cambia La Historia (CLH). Este mes, la periodista Esther Mamaní, desde Bolivia, cuenta cómo las mujeres que una vez fueron víctimas de violencia de género reclaman su historia y se han vuelto hoy defensoras de derechos humanos. Samantha Ponce, desde Chile, narra cómo impacta en la vida emocional la sobrecarga de cuidados que asumen las mujeres en enfermedades poco frecuentes y la periodista peruana Lucero Chávez, nos muestra cómo las migrantes tejen red para sobrellevar la informalidad laboral.
Estos son ejemplos vivos de la búsqueda de estrategias que nos permiten sobrevivir y garantizar la calidad de vida de quienes dependen de nosotras. Por eso seguimos creando redes como La Mediatón, nuestro laboratorio de innovación periodística. Además, seguimos hablando de lo que siempre fue tabú en nuestros podcasts Las Sangronas y Las Sin cuenta y, de la mano de La Economía en Femenino, situando la mirada en el trabajo de cuidados que ha sido siempre invisibilizado.
Con todos nuestros proyectos confirmamos que la memoria no es nostalgia, es recordar de dónde venimos como un camino político para imaginar futuros posibles. En ese ejercicio de memoria recordamos que las mujeres son las que siguen sosteniendo la vida, y más cuando el estado falla. Hacer memoria con perspectiva feminista es hablar de continuidad y esa continuidad está hecha de las grandes luchas y conquistas por derechos y también de todas las micro acciones cotidianas que las mujeres despliegan cada día. Este 8M reafirmamos que Alharaca existe para documentar esa continuidad y ser actora activa de la construcción de memoria.